Historia bancaria de Brasil, 1808-1892

En este apartado buscamos ofrecer una guía interactiva, asequible a todo público, para conocer y profundizar en la historia bancaria de Brasil en el siglo XIX. Con este propósito, conforme nuestro visitante se adentra en una breve explicación general sobre la reorganización financiera del país tras la Independencia, se le invita también a consultar bibliografía especializada sobre los temas tratados, conocer los billetes del periodo, acceder a documentos clásicos digitalizados, conocer los archivos en los que se albergan fuentes útiles y descargar algunas de las estadísticas históricas que los especialistas han reconstruido y que nosotros hemos compilado.

Orígenes; el Banco do Brasil (1808-1829) y los bancos regionales de los cuarenta

En el caso de Brasil, cuya independencia fue ratificada en 1822, el gobierno del Imperio heredó un banco oficial, el Banco do Brasil, fundado por el monarca portugués en Río de Janeiro en 1808 (tras su salida de Europa a consecuencia de las guerras napoleónicas).

Al parecer, el temprano Banco do Brasil fue esencialmente un instrumento del gobierno imperial (aunque tenía accionistas privados) ya que sus actividades se centraron en buena parte en el financiamiento del gobierno y de la corte de João VI (1808-1821) y luego del primer emperador del Brasil independiente, Pedro I (1822-1831).

Debido al dinamismo de las exportaciones en esta época —promovido por el tratado de libre comercio firmado en 1808—, se podría suponer que el Banco do Brasil hubiera ejercido un papel importante en la esfera comercial, pero la escasa evidencia histórica no lo indica. Se creó como banco privado de depósito y descuento con privilegio de emisión de billetes bancarios, aunque no se establecieron límites a dicha emisión ni se estableció una política clara de reservas. Se suponía que el tesoro del monarca portugués (en gran parte en metálico de plata y oro) serviría de respaldo.

El directorio del primer Banco do Brasil estaba compuesto por los principales hombres de negocios de la plaza de Río de Janeiro si bien es claro que los representantes del monarca y del gobierno tenían un fuerte peso en su gestión. En sus inicios contaba solamente con cuarenta y dos accionistas, lo cual habla de su status como instrumento de la elite más acaudalada de la capital.

Antes de 1814, el Banco do Brasil apenas ejerció su derecho de emisión de papel moneda, pero a partir de esa fecha se dedicó con gran liberalidad a inundar la plaza de Río de Janeiro con sus billetes. Sin embargo, en 1821, el rey Joao VI partió para Portugal para asumir la corona en Lisboa y se llevó gran parte de las reservas en metálico en el banco, lo cual generó una situación grave ya que la salida de los capitales dejó a la institución en situación de virtual inconvertibilidad de sus billetes. El hijo del monarca portugués, Pedro I, declaró la independencia de Brasil poco después y se declaró emperador. A todas luces, sus allegados fueron más cuidadoso en el manejo del banco, hecho que se reflejó en el retiro de buena cantidad de los billetes del banco que ya estaban en circulación, al parecer para asentar la confianza del público en esta institución clave. Sin embargo, a partir del estallido de la guerra con Argentina entre 1826 y 1829, que desembocó en batallas navales en el Río de la Plata y enfrentamientos en tierra en Uruguay, el Banco do Brasil se vio obligado a cubrir déficits con la emisión de papel moneda. Temiendo lo peor, y como era de esperarse los tenedores presentaron importantes cantidades de los billetes para cobranza y pronto se evaporaron las reservas de la institución bancaria. Finalmente, el gobierno fue obligado a cerrar sus puertas en 1829.

Billete de cien mil reales, Banco Commercial da Bahia, 1850.

Brasil no sólo contó con el primer banco oficial en el primer cuatro del siglo XIX, sino que además fue el único país que dispuso durante los años de 1838-1850 de una pequeña red de bancos: entre éstos se contaba el Banco de Ceará (1836-1839), el Banco Comercial de Río do Janeiro (1838), el Banco Comercial de Bahía (1845) y el Banco Comercial do Maranháo (1847), aunque no debe ignorarse la importancia fundamental de un amplio número de casas de grandes comerciantes que fungían como banqueros privados y una gama amplia de más pequeñas casas de comerciantes prestamistas que proveían crédito en todos los pueblos del país.

Sin embargo, la historia bancaria moderna de Brasil realmente no arrancó hasta la fundación de bancos en el decenio de 1850, y especialmente desde el relanzamiento del Banco do Brasil en dos etapas (1851 y 1853), institución que obtuvo el derecho de emisión de billetes bancarios y sirvió como banquero del gobierno.

Consolidación; el nuevo Banco do Brasil y el imperio de Pedro II

El Banco do Brasil fue impulsado inicialmente por Irineu Evangelista de Sousa (el futuro Barón de Mauá), uno de los más inquietos e imaginativos capitalistas latinoamericanos de mediados del siglo XIX. Aprobado por decreto del 2 de julio de 1851, el Banco do Brasil comenzó a operar en septiembre de ese año como banco comercial con un capital efectivo de 2 millones de milreis, subiendo al año siguiente a 5 millones y luego a 8 millones de milreis.

En 1853, el Vizconde Itaboraí, ministro de Hacienda, un firme abogado del patrón oro, quiso aprovechar la favorable coyuntura económica para proponer la fusión de los dos principales bancos de Río con objeto de favorecer una mayor unidad en el medio circulante del Imperio, reducir la circulación de papel moneda inconvertible y reforzar las reservas en oro. En todo caso,   el gobierno pronto autorizó al Banco do Brasil operar como entidad de emisión y se estableció que sus billetes tuvieran vigencia legal y pudieran ser cambiados por moneda legal en circulación, fuese en oro o papel. Al mismo tiempo, el ejecutivo resolvió rescindir la concesión que tenía Mauá (el mayor accionista), ya que exigió que se fusionara en 1853 el Banco do Brasil con su gran rival, el Banco Comercial do Río de Janeiro. De allí habría de nacer un coloso, que fungiría como banco de gobierno y, al mismo tiempo, como banco comercial: el 5 de julio de 1853 el “tercer” Banco do Brasil, contaba con un activo total de 35 millones de milreis, una suma muy respetable para la época.

Sede del Banco do Brasil de 1854 a 1926, Prédio da Rua da Alfândega 17 (Litografía de Bertichem, 1856).

Se fundaron sucursales de esta nueva institución con cierta rapidez. Este proceso de expansión regional implicaba que en varias ciudades el Banco do Brasil competía con casas bancarias locales que no pudieron ofrecer demasiada resistencia al poderoso banco que tenía su casa matriz en la Corte y contaba con el apoyo del gobierno imperial.

En cuanto a estructura de control y gestión, el Banco do Brasil seguía en algunos aspectos el modelo organizativo del Banque de France en tanto era un banco de gobierno sin ser propiedad del Estado: llevaba las cuentas públicas y disfrutaba de un virtual monopolio de emisión de papel moneda, al menos desde 1853 hasta 1857. Al mismo tiempo, como su homólogo francés, el Banco do Brasil se convirtió en pieza clave del poder financiero y político en Río de Janeiro: entre sus accionistas se contaban políticos, aristócratas del café y financieros cariocas que tenían un marcado interés en que fuera la institución bancaria dominante y que proporcionara altos dividendos, pero sin arriesgarse en otorgar muchos créditos para nuevas empresas.

La simbiosis entre elite política y financiera reflejaba el consenso que existía entre las fracciones más poderosas de las clases de propietarios esclavistas y de los comerciantes importadores exportadores de Río de Janeiro, Sao Paulo y el Nordeste.   En su estupenda tesis doctoral, titulado O Banco da Orden, Thiago Fontenlas Rosado Gambi, ha analizado la relación entre políticas y finanzas en Brasil entre 1853 y 1866 y ha demostrado cómo este poderoso banco se convirtió en vehículo financiero del Partido Conservador y en particular de la red política regional conocida como los saquarema en los años de 1850. Sus prioridades consistían en asegurar una moneda fuerte para garantizar varias cosas a la vez: en primer lugar, deseaban reducir la volatilidad del tipo de cambio, asegurar a los importadores y exportadores estabilidad en los costos, fomentar la disponibilidad de crédito en el exterior para financiar el comercio exterior y facilitar el pago de la deuda externa por parte del gobierno a tasas razonablemente bajas. Estas prioridades podían sostenerse con una política conservadora y centralista que era muy afín a los intereses ideológicos del emperador y la mayoría de sus ministros, los cuales abogaban por un banco de gobierno que fuera visto como una institución financiera poderosa pero prudente y que contara con altas reservas en metálico y disfrutara del monopolio de la emisión del papel moneda.

Las políticas conservadores perdieron fuelle en los años de 1857/58 durante una coyuntura breve cuando el político liberal Bernardo Souza Franco logró la aprobación de una ley que permitió la libre emisión de papel moneda por los bancos provinciales. Sin embargo, su éxito fue transitorio, y el experimento liberal se hundió después de la crisis financiera internacional de 1857, la cual socavó a las finanzas y el comercio en Brasil de manera dramática.

En todo caso, el mercado financiero de Río no dependía exclusivamente del Banco do Brasil, sino que se componía de una considerable variedad de firmas bancarias, algunas en forma de sociedades anónimas y otras siendo casas privadas de comerciantes banqueros. Entre 1861 y 1863, en medio del auge económico, la concentración del crédito se acentuó de manera extrema, especialmente a favor de algunas casas bancarias privadas. Fue notorio que el Banco do Brasil extendió un número extraordinario de líneas de crédito a la muy poderosa firma carioca de Antonio José Alves Souto & Cia.

A pesar de que los créditos a corto plazo concedidos a Souto y otras grandes firmas eran garantizados con documentos mercantiles, el Banco do Brasil se comprometió de manera excesiva en operaciones riesgosas. De hecho, a principios de 1864, poco antes del estallido de una crisis financiera local muy importante, la casa financiera de Souto en Río de Janeiro debía por su sola cuenta la enorme suma de 14,000 contos de reis al Banco do Brasil, equivalente a casi 40% del capital de este gran banco, lo que indicaba que había adoptado una política crediticia imprudente y altamente discrecional.

Un factor que contribuyó a socavar las políticas preferenciales del Banco do Brasil y sus aliados fue el hecho de que desde 1862 también habían comenzado a operar en el mercado de Río de Janeiro, dos flamantes y dinámicos bancos británicos, el Brazilian and Portuguese Bank y el London and Brazilian Bank, que fueron arrebatando clientes a Souto y a otras firmas privadas. Posiblemente por este motivo, cuando el Vizconde Souto, dueño de la casa privada bancaria ya mencionada, acudió personalmente a las oficinas de la oficina matriz del Banco do Brasil el 10 de septiembre de 1864 para pedir una ampliación de crédito por encontrarse sobregirado, fue rechazado.

Como consecuencia tuvo que cerrar su empresa bancaria y pocos días más tarde también fueron a la quiebra las importantes firmas de Gomes & Filos, Montenegro, Lima & Cia, Oliveira & Bello y Amaral & Pinto, provocando una suspensión de pagos general en el mercado financiero de la capital e inclusive un pánico que afectó al propio Banco do Brasil.

La situación del banco oficial se tornó aún más complicada después del estallido de la Guerra del Paraguay en 1865 ya que el gobierno requería cubrir sus deficits con un aumento exponencial del papel moneda. Tanto los defensores de la ortodoxia monetaria, liderados por el ministro Itaboraí, así como sus enemigos ideológicos y abogados de la banca libre como Souza Franco, se unieron para aprobar la ley del 12 de septiembre de 1866 que permitía al tesoro del gobierno imperial emitir a discreción para cubrir sus gastos de guerra. Al mismo tiempo se obligó al Banco do Brasil a entregar la mayor parte de sus reservas metálicas, y forzosamente se retiró sus privilegios de emisión por lo que dejó de ser el gran banco del gobierno en tanto sus funciones se concentraron más bien en servir como banco privado de depósitos, descuentos y proveedor de hipotecas.

Sortearon mucho mejor la crisis de 1864 y la guerra tres firmas de capital inglés que ya estaban activas en Brasil, el Banco de Londres y Brasil (1862), el Banco Anglo/Portugués (1862) y el pequeño Banco Inglés de Río de Janeiro (1863). Este éxito se debió en buena parte a sus prácticas más conservadoras –como señaló el historiador bancario David Joslin- ya que supieron conservar importantes reservas en oro y limitaron sus créditos a las casas más solventes y con mayor liquidez. Dicha políticas se vinculaban con el hecho de que en estos bancos ejercieron un papel clave fuertes casas mercantiles anglo/brasileñas que se dedicaban al financiamiento de las exportaciones de café, especialmente, las ya influyente empresas de Knowles and Foster, de Londres y Río, y la de E. Johnston and Company de Liverpool, Río de Janeiro y Santos.

La única institución bancaria en Brasil que promovía inversiones a largo plazo en otros sectores y en la industria era el Banco Mauá,. Su singular fundador, el Barón de Mauá, había iniciado su carrera mercantil dedicándose al financiamiento del comercio anglo/brasileño mediante la creación de un banco privado Mauá, MacGregor y Compañía, con oficinas en Río de Janeiro y Londres.

IMAGEN 8. EMISION DURANTE PEDRO II

La historiadora María Bárbara Levy señaló que desde 1855 el Banco Mauá comenzó a emitir vales al portador que llegaron a tener una amplia circulación confiriéndoles “todas as características de uma moeda fiduciária, de emissao particular”, aun cuando formalmente sólo el Banco do Brasil tenía el monopolio de la emisión de billetes bancarios. Su éxito despertó el recelo de numerosas poderosas figuras políticas, por lo cual fue apartado del manejo directo de la institución bancaria oficial, aunque seguía siendo muy fuerte accionista.

Sin embargo, Mauá no vaciló en sus proyectos, convirtiéndose de hecho en el único rival serio del Banco do Brasil. Lógicamente fue criticado y por ello propuso constituir su banco con base al modelo francés de la “société en commandite par actions” que le permitía sortear los artículos de la legislación mercantil brasileña referente a sociedades anónimas nacionales y que las sujetaba a un estricto control gubernamental. Finalmente, ante la negativa del gobierno brasileño, tuvo que organizar su empresa simplemente como una casa bancaria privada al estilo inglés, denominado Mauá, MacGregor and Company, con un socio y una oficina en Londres, y las demás oficinas en diversos puntos de Sudamérica.

Para las postrimerías del imperio, el Banco do Brasil, anteriormente dominante, comenzó a ser rivalizado por un número significativo de bancos privados, por lo que podría hablarse de un incipiente sistema bancario, aunque sujeto a profundas crisis y cambios. Los grandes bancos brasileños de los años de 1880 tuvieron capacidad de emisión, lo cual hizo que se tornara extremadamente complejo el panorama bancario del país. Las rivalidades y la expansión bancaria llegarían a su culminación durante el auge financiero conocido como el “Encilhamento” entre 1889 y 1892, seguido por el estrepitoso colapso posterior de bancos y bolsa, requiriendo un tiempo considerable para la recuperación del sistema financiero brasileño.

IMAGEN 10. ULTIMO BILLETE IMPERIAL

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